No era de esperar que entre abril y los pasados, no fuera a deshojar cada recuerdo cada momento, lejos de todo aquello que conocía como cosechar lo que siento, que tímidamente surge como de la nada, cuando son anhelos los que profundamente me sostienen en lo que reitero en todos mis momentos.
Momentos en el que mi cuerpo prepara el descanso, después que desova el sol de la noche, pero con ese tibio frescor, que tímidamente me sostuvo, como niño mientras lloraba bajo papeles o cuerdas de acero… es que crecía en lo que mi vida me prefería, entender las causas de todo lo que siento ajeno, cuando a cada momento se deshojan mis pensamientos.
Flor residual de tus momentos, tus caricias o tus simples deseos, hechos revuelca en mi cabeza, fina tormenta que solo, arrasa lo preciso y lo viejo, como para volver a cada momento, que pasto crece en mi campo de luceros… brotes pequeños.
Así y todo, al sol se le niega taparme en su manto, mis frutos son casi algo eterno, pero mas son sus hojas perennes, que me dan sombra, cuando la calle se calienta e irradia la distancia que existe entre, un ocaso o una aurora, hechas de papel plástico, que atrapa mi ego en esos momentos, en que todo se descontrola en la fiebre del humano, esos momentos irreales que solo son capaces de viajarlos, personas que han tomado el mismo tren a la hora de los muertos.
Esa confianza relevada de los sujetos… es hora de los muertos, los pasados internos, los consejos del viento, los mismos sentimientos que tuvieron vida, recobran esa valentía, para cruzar todo aquello que se construyo, lejos el uno del otro, ahora es agua en el río, que atormenta con pasar y saciar toda la sed que el calvario pueda provocar…
La esencia nunca perdida por le humano.
Es una raza simple, una forma compleja, incluso uno no la piensa, a veces es cosa de explorar lo profundo de lo que nos limita y nos interna a las razones propuestas, pero que no concreta, se hunden en el abismo mas incierto… a todos nos falta algo.
Profundo desazón prematuro, que fue cortado en su etapa primaria, por las reglas de los oponentes en este lustre juego, llamada confianza, odiada constante… de todo ser ajeno a este pensamiento.
Y que no borde su abrigo en los tiempos de frío, no será tolerante a todo lo que algún día prometió al aquello, que ahora es ceniza en un brasero, pero tímidamente se apaga con el tiempo, solo para arder pocas veces en su trayecto, lo demás imposible, solo pasaría en los cuentos.
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